La última batalla


Medalla de Honor para un heroe


Marine de los EEUU Jason Dunham

A veces uno se encuentra con sucesos que parecen increíbles (derroche de valor, hombres que son prácticamente indestructibles, acciones de riesgo extremo…etc) y que para nosotros, gente normal que por lo general vive cómodamente, con su familia, su trabajo, sus problemas y sus satisfacciones (por lo general pocas) son muy difíciles de asimilar.
Habitualmente, nuestro estilo de vida y todo lo que nos rodea nos influye de tal forma que hace que nuestros valores originales se vean tremendamente contaminados. Puede que todo sea por la competitividad feroz en que nos movemos día a día, o por las envidias, que hacen que perdamos nuestra generosidad y miremos sólo por nuestro bienestar sin pensar para nada en los demás, que estemos sólo centrados en nosotros y además con la guardia alta para que nadie se nos acerque por la retaguardia y nos la juegue.

Una vez leí que cuando se comparten malos momentos crece la solidaridad y la camaradería. Las personas cuando estamos entre iguales y afectadas por algo, estrechamos nuestros lazos y establecemos grandes amistades.

Todo esto viene a cuento de una historia que leí hace unos días. Una historia real y actual, que combina generosidad, valor, altruismo y un par de bemoles bien puestos. Una historia de tantas que nos llega por casualidad, pero que a mi por lo menos me hace recuperar la esperanza, porque veo que aún todo no está perdido.


Imagen del Presidente Bush y gracias a la cual ésta historia llegó a mis oídos.

Primavera del año 2004, Al Qa´im (Irak)

Operación libertad para Irak

Tres Marines de la Compañía Kilo del 7º Regimiento de Marines perteneciente al Tercer Batallón hablan en un puesto avanzado sobre la posibilidad a sobrevivir a un ataque con granadas de mano.
El Tte Segundo Brian Robinson cree que si un soldado se arroja sobre la granada sujetando su chaleco antibalas con los antebrazos, la placa de cerámica sería lo suficientemente fuerte para proteger los órganos vitales. Sus brazos se romperían, pero a fin de cuentas sobreviviría.
El Cabo Dunham tenía otra idea. Un casco podría resistir la explosión. “Creo que el Kevlar podría neutralizarlo” dijo.
“Eso no serviría de nada” contesta el Sargento John Ferguson.

Esta es la conversación que dos de estos hombres recordarían semanas mas tarde cuando vieron el casco de Jason Dunham destrozado por una granada y su cuerpo prácticamente inerte sobre un polvoriento camino de Irak. El acto de Dunham salvó la vida de dos de sus hombres y por ello fue el primer Marine en recibir la Medalla de Honor desde la Guerra de Vietnam.


Restos del casco del Cabo Jason Dunham

Mucho antes de que se hiciera merecedor al mayor galardón al valor que se concede en EEUU, Jason Dunham era un joven normal, nació en un pueblecito en el norte de Nueva York llamado Scio, el típico lugar donde todos se conocen y donde el respeto aún significa algo.
Era popular entre sus compañeros y creció con sus dos hermanos rodeado por una riqueza de valores mucho más importante que la que el dinero puede dar.
Era un líder nato y su temperamento protector siempre lo llevaba a hacerse cargo de los demás.


Imagen de Jason con su madre

Los Marines tomaron lo mejor de este chico y lo pulieron. Se le enseñó que el honor, la valentía y la dedicación no eran sólo palabras que sonaran bien, eran principios básicos en un estilo de vida en la cual el servicio está por encima de la persona.
Como Jefe de Pelotón se le enseñó también que los líderes ponen las necesidades de sus hombres por encima de las propias, y que en Irak debían enfrentarse a enemigos duros y decididos.

Sus hombres le admiraban, unos recordaban con sonrisas emocionadas el día en que dejó momentáneamente su patrulla y se puso a jugar al fútbol con unos niños iraquíes, y otros no pueden olvidar cuando se ofreció a quedarse dos meses más en Irak con objeto de permanecer con su pelotón y “asegurarse de que todos llegaran vivos a casa”.
Al fin y al cabo dio la vida por cumplir esa promesa.

Durante la invasión de Irak en el año 2003 el Tercer Batallón de los Marines no contó con ninguna baja, pero desde Marzo del 2004 10 de sus 900 hombres habían muerto y 89 habían resultado heridos en acciones de combate.

El 14 de Abril, tres días después del Domingo de Pascua fue un día especialmente malo. Los hombres de Dunham estaban en la ciudad de Karabilah, y fueron requeridos urgentemente ya que se había producido una emboscada contra un convoy de Marines. Había explotado un artefacto situado en un arcén y durante el tiroteo posterior un proyectil había alcanzado el Humvee del Comandante del Batallón (que se dirigía al Campamento Americano de Husaybah) hiriéndole en la espalda y dejando a su intérprete con una artería del brazo seccionada.

La patrulla del Cabo Dunham se dirigió al convoy, pero cuando se encontraba cerca del la puerta de doble arco que supone la entrada en la ciudad de Husaybah (cerca de la frontera entre Iraq y Siria, pudieron oír el inconfundible zumbido de granadas autopropulsadas y armas automáticas provenientes de unos dos Km al este.
Rápidamente acudieron a la zona y cuando empezaron a recibir fuego, abandonaron los vehículos y formaron dos equipos para buscar a los agresores.


Entrada a la ciudad de Husaybah

Tras recorrer varias calles, el equipo dirigido por Dunham se acercó a una intersección situada varios metros al sur de la zona de la emboscada y allí pudieron ver que una fila de siete vehículos permanecían sospechosamente parados en un callejón. Era necesario efectuar un registro en busca de las armas. De pronto cuando se les estaba solicitando que bajaran para proceder a la revisión, el conductor de una furgoneta Toyota de color blanco se abalanzó sobre Dunham y le agarró fuertemente de la garganta con la intención de asfixiarle, el americano se defendió dándole un rodillazo en el pecho y ambos cayeron al suelo mientras seguían forcejeando. Rápidamente se aproximó el Marine que estaba al lado del asiento del copiloto junto con otro que acudió corriendo en su ayuda.
De pronto oyeron que desde el suelo Dunham decía:“¡¡No, no, mirad su mano!!”

Nadie tuvo tiempo de ver lo que llevaba el iraquí en su mano, y tampoco vieron lo que hizo Dunham, pero todos los testigos allí presentes oyeron la detonación y coinciden vistos los indicios encontrados posteriormente, en que Jason se fajó de su atacante y rodó sobre el suelo hasta lograr tapar la granada con su casco antes de que ésta explotara.

En el registro del vehículo en cuestión se encontraron fusiles de asalto AK-47, granadas autopropulsadas, lanzacohetes y una granada de mano británica Mills. Un examen mas detallado permitió encontrar sobre el piso de la furgoneta una anilla perteneciente a este tipo de armas.


Armas incautadas que se encontraban en la furgoneta

Por tanto y según esto, el iraquí tenía en su mano una granada Mills armada (la británica Mills cuenta con un seguro de anilla y uno que le proporciona una palanca externa llamada cuchara. Si se quita la anilla no sucede nada mientras no se suelte el seguro de mano. A partir de ese momento hay un tiempo de unos 4 sg antes de la explosión).
Los restos de Kevlar encontrados por la calle apoyan esta suposición, la granada estaba tapada por el casco cuando explotó.


Granada Mills

El Tte. Coronel Matthew Lopez (el hombre que sufrió la herida en el atentado que propició la llamada a la patrulla de Dunham) remitió a Whasington el día 13 de Mayo su recomendación para la entrega de la Medalla de Honor al Cabo Dunham por “una acción que va mucho más allá de la llamada del deber y que salvó la vida a dos compañeros”.

Cuando el humo de la explosión se despejó, todos vieron que Dunham estaba inconsciente y boca abajo sobre un charco de sangre. Los Marines pensaron que sus tres compañeros y el iraquí habían muerto, pero de pronto éste último se sentó sobre el suelo y aún sangrando comenzó a correr, el Cabo Sanders no dudó y le metió 25 balas en la espalda…


Cabo Sanders

Los otros dos hombres sobrevivieron, pero por sus heridas tuvieron que ser trasladados a un Hospital de los EEUU, Dunham absorbió casi toda la explosión y eso los salvó.

En un principio el Cabo Mark Edward Dean no reconoció al soldado que subían precipitadamente a la parte trasera de su Humvee, la sangre producida por la metralla cubría completamente su cabeza y su cara. Una vez descubierto el tatuaje que llevaba en el pecho se dio cuenta que aquel hombre moribundo era su amigo Jason, el chico con el que había compartido tantos momentos en la Base de los Marines de California, el mismo que en Kuwait le había comprado una tarjeta telefónica de 550 minutos para que pudiera hablar con su esposa. “Estarás bien. Te llevaré a casa” le dijo mientras emprendían el camino.

David Slater, el capellán del campamento de Qa´im se encontraba en su improvisada capilla cuando oyó que un helicóptero Blackhawk despegaba. Como en otras tantas ocasiones eso significaba que pronto llegaría trabajo para el equipo médico.

Jason llegó en ese mismo helicóptero poco después. De la pista de aterrizaje fue trasladado por los camilleros a la tienda médica, un lugar con el suelo verde, paredes blancas y con fuerte olor a plástico donde se ofrecía atención urgente a los heridos.
Siguiendo el procedimiento establecido, allí se atendía a los heridos para examinar sus daños y que nada pasara inadvertido (examen preeliminar). Así que los enfermeros dejaron su camilla sobre dos caballetes negros y comenzaron a trabajar (paradojas del destino, junto a él estaba el cuerpo de un combatiente iraquí herido, sedado con morfina para calmarlo y con bridas de plástico en sus tobillos para evitar sorpresas).

En un momento que Jason recuperó mínimamente la consciencia se le acercó el Capellán Slater y le habló; le preguntó cual era su nombre y su ciudad de nacimiento. Había que intentar calmar al muchacho, sus heridas en la cara eran terribles, y sin la seguridad de que estuviera oyendo algo, le cogió de una mano y rezó por su alma…
El estado de Jason era crítico, tenía dos fragmentos de metralla en el cerebro y otro le había atravesado el cuello.

Un Hospital de Campaña en el desierto no tenía medios para atender tan graves heridas, así que se hizo lo que se pudo, primero, aliviar el esfuerzo del soldado introduciéndole un tubo por la garganta conectándole a un respirador manual y luego inyectarle un sedante con el objeto de que las reacciones de su cuerpo se tranquilizaran y se lograra estabilidad en la frecuencia cardiaca y en la presión arterial. No convenía añadir más presión a un cerebro ya de por sí hinchado.

El Cabo Jason Dunham fue introducido en otro helicóptero Blackhawk para ser trasladado a la Base del 7º Regimiento de Marines situada en Al-Asad, lugar de destino de los heridos antes de ser transferidos a un Hospital de Bagdad. El viaje se realizó en 25 minutos, y el piloto hubo que mantener una altura de vuelo constante (no mas de 50 pies) para evitar que el cambio de altura supusiera una variación en la presión del aire y afectara fatalmente al cerebro de Jason. Durante este trayecto una enfermera debía presionar cada cuatro o cinco segundos la bolsa del respirador para permitir que llegara aire a los pulmones del herido.
Una vez en manos de sus nuevos cuidadores, el Blackhawk despegó nuevamente para volver a Qa´im, 10 Marines del Tercer Batallón habían sido heridos en otra acción y no había que hacerles esperar.

A las 11:45 h de ese mismo día, los padres de Jason reciben una llamada telefónica. La llamada que todos los padres temen recibir en algún momento. Un Teniente de los Marines les informa que su hijo había sufrido un ataque y que tenía metralla alojada en la cabeza, su estado era crítico.

Los días siguientes fueron para los Dunham días llenos de temor, de incertidumbres y de esperanzas. Supieron que su hijo fue tratado primero en Bagdad, y que luego fue trasladado a Alemania donde los cirujanos le abrieron parte del cráneo para aliviarle la hinchazón. Eso hizo que su estado cambiara de “crítico” a “grave”.

El 21 de Abril se proporcionó a la familia unos billetes de avión para que se trasladaran desde su casa en Whasington al Centro Médico Naval Nacional de Maryland, ya que Jason iba a volar directamente allí desde Alemania.
Llegó esa misma noche, y tras un primer examen los médicos informaron a los padres que su estado había empeorado, en el viaje incluso había tenido fiebre. Tras dejarles ver a su hijo, los Dunham se fueron mentalizando, las perspectivas no eran nada buenas.


Centro Médico Naval Nacional

A la mañana siguiente, los médicos de la Unidad de Cuidados Intensivos ya no tenían apenas esperanzas, la metralla se había movido dentro del cerebro y los daños eran irreversibles, siempre necesitaría un respirador, nunca oiría a sus padres ni sabría quien estaba a su lado. Otra operación para aliviar la presión sobre su cerebro tenía pocas posibilidades de éxito y casi con total seguridad le costaría la vida.

El Sr. Dunham recordó que su hijo al entrar en los Marines le dijo que en caso de pasarle algo, él debería tomar la decisión sobre qué hacer, pero que no quería seguir viviendo si no había esperanza de recuperación. “Por favor, no me abandonéis así”, le dijo.
Los Dunham salieron derrumbados del Hospital a tomar el aire, cuando regresaron les informaron que había empezado a aparecer sangre en la orina de su hijo, lo que indicaba que los riñones no funcionaban bien, además un pulmón estaba lleno de líquido y el otro estaba perdido…

En la Base de los Marines de Al Qa’im el Teniente Robinson reunió a los hombres del pelotón de Dunham en el dormitorio, allí les informó que los padres de Jason habían decidido que en dos horas le desconectarían de las máquinas que le mantenían un hilo de vida. Algunos hombres gritaron maldiciendo, y otros rezaron con la esperanza de que en esas dos horas ocurriera un milagro.

En esos momentos mientras los Dunham pasaban sus dos últimas horas con su hijo llegó el Comandante Michael Hagee y fijó un Corazón Púrpura en su almohada. Minutos después todos salían llorando mientras los médicos desconectaban el aparato respirador.

A las 16:43 H del 22 de Abril del 2004 el Cabo Jason L. Dunhan moría. Seis días después se celebró una ceremonia en la Base de Al Qa´im. Un fusil de asalto clavado en un saco, dos botas por delante y un casco, un casco como el usado en Husaybah, acompañaron las oraciones de sus compañeros.


Homenaje en la Base de Qa´im

El 10 de Noviembre del 2006 el Presidente George Bush anunció que el Cabo Dunham recibiría la Medalla de Honor, siéndole entregada en un acto celebrado en la Casa Blanca el 11 de Enero del 2007.


Toda su familia acudió al acto

También se sucedieron otros homenajes, en su ciudad se dio su nombre a la Oficina de Correos, un nuevo tipo de Destructor de Clase Arleigh Burke también se llamará USS Jason Dunham (DDG 109) así como el complejo que poseen los Marines en la Base de Submarinos de Kings Bay en Georgia (lugar donde sirvió Dunham desde el 2001 al 2003)

Michael Phillips periodista del “Wall Street Journal” que cubría la guerra empotrado en el Tercer Batallón de los Marines escribió el libro “The gift of valor, a war history”, donde se narra toda la vida de este hombre, una vida que deja una marca indeleble a todos los que la conocen.

Un día Jason llamó desde Irak a su casa y después de hablar unos instantes con su madre pasó el teléfono a un compañero, “Mama, tengo aquí a un hombre que necesita hablar con una madre”.
Ahora, son los Marines los que la consuelan, y en días especiales como Navidad, el Día de la Madre o su cumpleaños nunca falta una llamada de los compañeros de Jason para preguntar que tal está.

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1 Comentario so far
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Tremenda historia, bastante interesante, un titulo basta honorario, Medalla de Honor.

Comentario por videojuegos




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