La última batalla


Asalto en Dubrovka

23 de Octubre del año 2002, un comando de cincuenta rebeldes chechenos fuertemente armados y liderados por Movsar Baráyev toman por sorpresa el moscovita teatro de Dubrovka manteniendo secuestrados a las más de 700 espectadores que habían acudido a disfrutar del musical Nord-Ost. Exigen al gobierno ruso el fin de la guerra en Chechenia, o de lo contrario amenazan con provocar una tragedia.

En los primeros momentos de confusión logran escapar algunas personas mientras que algunos niños, mujeres embarazadas, musulmanes y extranjeros son liberados posteriormente.
Dos días después un médico entra al recinto para comprobar la salud de los secuestrados, y aunque se ha permitido la entrada de agua y vitaminas, la falta de alimentos y el intenso frío pasan factura entre los rehenes.
Mientras, las autoridades rusas ceden a las exigencias del comando checheno y autorizan la entrada de diplomáticos extranjeros y a las cámaras del canal NTV.

El presidente ruso Vladimir Putin afirma que la primera prioridad es salvar la vida de los rehenes. Aún es reciente el recuerdo del año 1995, cuando otro comando liderado por Shamil Basáyev, tomó un hospital en la ciudad de Budionnovsk, secuestrando a más de 1500 personas. Dicha operación se saldó con 166 muertes.

La situación se va enrocando a medida que pasan las horas, mientras las autoridades rusas garantizan la vida del comando siempre y cuando liberen a todos los rehenes, los secuestradores anuncian el inicio de las ejecuciones si las autoridades no acceden a sus demandas y estaban dispuestos a matar a 10 rehenes por cualquiera de su número de muertos si las fuerzas de seguridad intervenían.

Mientras, unidades del ejercito son desplegadas alrededor del teatro, haciendo visible la posibilidad de un asalto, teniendo (eso sí) muy presente en todo momento la posibilidad de que los chechenos se inmolen volando el teatro con explosivos.

La madrugada el día 26 y en sólo dos horas, las fuerzas de elite rusas (miembros Alfa y Vympel) terminan sorpresivamente con el sitio. No fue el típico asalto, sino que lo consiguen de un modo hasta entonces inusual: gaseando previamente la sala y usando armas silenciadas, mascaras antigas y granadas aturdidoras.

La versión oficial señaló que los soldados penetraron en el teatro cuando acababa el ultimátum y cuando los chechenos comenzaban a ejecutar rehenes. Hay testigos que aseguran que los rusos ingresaron al teatro por medio de boquetes en varios muros.
Oficialmente, las fuerzas usaron gas paralizante para inmovilizar a los captores, pero analistas especializados esgrimen que el ejército utilizó supuestamente gas nervioso (un potente gas o aerosol, elaborado con una sustancia anestésica 10.000 veces más potente que la morfina), producto altamente tóxico que, según la dosis, puede provocar la muerte, arma por otra parte prohibida por las convenciones internacionales.

El precio pagado fue alto, 170 muertos, 119 rehenes y todo el comando checheno. Según versiones rusas, no hubo muertos entre las fuerzas que tomaron el teatro.

De los efectos en los 546 hospitalizados, los partes médicos indicaban envenenamiento e insuficiencias respiratorias y cardíacas, permaneciendo alguno de ellos en estado de coma.

El presidente Vladimir Putin se presentó sin dilación en un hospital y pidió perdón a los familiares de los muertos por no “haber podido salvar a todos”, y a la vez afirmó que “el enemigo de todo el mundo es el terrorismo internacional” y que había quedado demostrado que a Rusia “no es posible ponerla de rodillas.
Las informaciones se suceden, la policía muestra una fotografía donde se ve a Movsar Barayev, el líder checheno muerto, con una botella de cognac en su mano. Algunos rehenes señalan que, durante la toma, eran las 18 mujeres del comando —viudas de combatientes todas ellas— las encargadas de hostigar a los cautivos. Estas mujeres jóvenes, vestidas de negro y con cinturones explosivos en sus cinturas, eran las responsables de los dispositivos colocados en todo el teatro. A muchas de ellas la muerte las encontró dormidas y cuando todo terminó, los periodistas comprobaron que portaban entre 800 gr y 2 kg de trotyl. Los treinta dispositivos esparcidos por el teatro sumaban unos 100 kg.

Mientras los familiares de los rehenes recorrían hospitales en busca de noticias, la TV difundía imágenes tremendas. Cadáveres esparcidos por el suelo en las butacas, charcos de sangre y personas que salían tambaleándose.

Posteriormente se organizó el caos ya conocido, rehenes sacados del Teatro como sacos de patatas y trasladados en autobuses públicos a los Hospitales cercanos.

La indignación de los familiares era comprensible, además las listas de muertos no fueron facilitadas con premura por las autoridades, y la policía rusa impidió a los médicos dar alta a los pacientes, ya que temian que entre ellos se hubiera camuflado algún miembro del comando terrorista.

Según las autoridades, el elevado número de víctimas entre los secuestrados se debió en gran parte a la demora en prestarles asistencia médica. El presidente del Comité de Defensa de la Duma, Vladímir Vasíliev, atribuyó esa demora a la gran cantidad de vehículos aparcados en las inmediaciones del teatro.
Años mas tarde los familiares de las víctimas recurrieron al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo para esclarecer las responsabilidades de las autoridades rusas ya que el gas experimental que resultó ser un derivado del “Fentanil”, un opiáceo narcótico usado como anestésico, cien veces más poderoso que la heroína y los médicos no pudieron tratar a los intoxicados debido a que desconocían la composición del gas, así que muchos murieron sin poderles administrar el antídoto.


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