La última batalla


Operación Snoopy (el “huelegente”)

El General Westmoreland lo decía a menudo: “Somos un gigante ciego…”, y tenía razón.
Uno de los mayores problemas para las Fuerzas Armadas Norteamericanas en Vietnam era el no poder localizar concentraciones de tropas enemigas en sus bases ubicadas en la jungla, y las pocas ocasiones que se producía el contacto, el enemigo se escabullía rápidamente hasta sus refugios.


Tanto el Vc como el NVA construyeron una compleja red de túneles

Dentro de la llamada “Revolución McNamara” y en la que se dio prioridad a las fuerzas convencionales con el fin de mejorar la potencia no nuclear norteamericana, se produjo el nacimiento del denominado “cuarto Ejército de los EEUU”, que lo componían los “niños prodigio de McNamara”, grupos de científicos e investigadores pertenecientes a institutos universitarios y organizaciones de investigación sobre armas y medios bélicos.
A estos brillantes hombres se les encargarían numerosos estudios relativos a las guerras revolucionarias y las medidas a llevar para poder hacerlas frente.

Fue tan estrecha esta relación, que se dio el caso de científicos y técnicos que fueron contratados directamente por el Ministerio de Defensa y otros que acudieron en ayuda de organizaciones paramilitares de regímenes amigos que se encontraban también bajo la presión de grupos insurgentes.
Fruto de estas colaboraciones se produjeron numerosos avances tecnológicos, todos ellos necesarios para la creación de sistemas de armamento avanzados.

Poco a poco el proyecto de adaptación del ejército a los nuevos conflictos locales y que tanto defendió el Presidente Kennedy se iba haciendo realidad.

Uno de las investigaciones mas curiosas llevadas a cabo estaba relacionada con la ciencia de la olfatrónica, (análisis mecánico de los olores) y en la que estaba especializado el Illinois Institute of Technology Reseach Institute (IITRI), cuyas investigaciones relacionando los alimentos y sus olores, ofrecían buenos recursos iniciales.

Así pues, bajo patrocinio del Pentágono, en 1964 y con la colaboración del Batelle Memorial Institude de Columbus (Ohio) se estableció un contrato con el IITRI para que sus investigaciones enfocaran sus estudios a la búsqueda de detección de concentraciones de tropas o grupos de guerrillas a través de los olores desprendidos por los cuerpos. Se buscarían ciertas “firmas químicas” como la respiración, el sudor, excrementos..etc, con el objetivo de poder paliar la falta de detección que frustraba a los mandos militares sobre el terreno.

En base a estas investigaciones, en1966 el Laboratorio de Guerra Limitada del Ejército (LWL) encargó a Booz Allen Applied Research Inc el diseño de un detector olfatrónico, saliendo a la luz un artilugio llamado “detector de personal E63”, y que en un principio estaba estudiado para ir colgado de la espalda de los soldados y acoplado a su fusil.

Las corrientes irregulares de aire presentes en la jungla y el sonido que producía el aparato suponía un grave riesgo para las tropas terrestres, ya que en ocasiones deberían acercarse peligrosamente al enemigo para poder detectarlo.
En vista a estos inconvenientes se sugirió que el E63 pasara a formar parte del equipo de los helicópteros. La General Electric se ocuparía del trabajo, y el conocido popularmente como “huelegente” se denominaría a partir de entonces XM-2.


XM-2

El artilugio era similar a un aspirador, que con un tubo que colgaba de la aeronave aspiraba aire mientras se sobrevolaban zonas sospechosas de albergar concentraciones enemigas y midiendo al mismo tiempo la concentración de amoniaco presente.
Aunque en alguna ocasión los informes de concentración humana supusieron la intervención de los B-52 estacionados en Guam, por regla general el helicóptero portador del XM-2 volaba acompañado de un AH-Cobra, el cual se encargaba de abrir fuego contra los objetivos marcados por los operadores de helicóptero que les precedía en su misión de búsqueda.

Naturalmente, viajar en un helicóptero “oledor” era sumamente peligroso, ya que su cota baja de vuelo, su poca velocidad y sus trayectorias circulares les hacían muy vulnerables al fuego enemigo, teniendo por tanto un porcentaje muy alto de bajas.

El método de detección contaba con el inconveniente de que no era capaz de discriminar entre efluvios desprendidos por hombres, mujeres, animales, soldados o civiles, y aunque previamente al ataque se lanzaban granadas lacrimógenas para propiciar el movimiento de las posibles concentraciones y poder establecer contacto visual, se producían errores, y sólo en las zonas de fuego libre se atacaba a discreción.
Su efectividad era mucho mayor en zonas abiertas que en plena jungla, siendo muy utilizado por la 1ª División de Caballería y por el 9º Escuadrón de la RAAF en el delta del Mekong y a lo largo de la Ruta Ho Chi Minh.


Interior de uno de los helicóptero, con sus detectores y el operador a cargo de las lecturas.

En 1970, apareció la versión XM-3, usada diariamente en los helicópteros OH-58, UH-1 y LOH-6, ampliándose también las investigaciones para que fuera posible detectar la cantidad de nucleolos de condensación presentes en el aire, partículas desprendidas por los fuegos realizados para preparar comidas o provenientes de la combustión de motores.

Más de 33% de todas las lecturas importantes fueron confirmadas por los contactos operativos. Sirva de ejemplo la misión realizada en Cam Duc, cuando un equipo Snoopy acudió a confirmar las sospechas de un equipo que por la técnica infrarroja (también novedosa) detectó la posible presencia de dos divisiones del NVA, evitando de este modo un previsible cerco a tropas survietnamitas y americanas.

“No hay duda”, afirmaba el Tte Coronel Alvin Hylton, oficial químico de la 1ª División de Infantería, “funciona”.


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