La última batalla


¿Quieres Coca-Cola?
23 noviembre 2011, 17:44
Filed under: Guerra de Vietnam | Etiquetas: , , ,

Me alisté en el Cuerpo de Marines una calurosa mañana del verano de 1965. Tenía 18 años, había terminado mis estudios de secundaria y estaba aburrido, realmente aburrido, y lo que es peor, me sentía inútil.
¿Cual sería mi futuro?. No tenía ni idea….

Mi amigo Ron y yo vivíamos en San José, California, e íbamos casi todos los días a Santa Cruz. Como no teníamos trabajo buscábamos botellas vacías de soda para retornarlas y poder comprar gasolina con el cambio. Éramos bastante eficientes en el racionamiento del combustible, y cuando llegábamos a las cimas de las cuestas apagábamos el motor para aprovechar la fuerza de la pendiente. Aún así, más de una vez se nos encontramos tirados cerca de la calle donde vivía y teníamos que empujar mi Ford del 51 los últimos metros hasta alcanzar la entrada de casa.

Con poco más que hacer ese verano, iba a menudo al centro para ver todas las películas que se proyectaban en los cines. El centro de reclutamiento del Cuerpo de Marines se encontraba en el segundo piso del “Liberty Building” en la “North 1st Street”, justo al lado del “Crest Theater”. Una figura de cartón de tamaño natural de un Marine con el rostro duro y con su uniforme azul miraba a través de la puerta de cristal señalando a los jóvenes que como yo estábamos buscando un futuro.

Dudo de que el Marine de cartón me hubiera influido en algo, pero al menos sabía dónde debía ir cuando me puse a buscar. Y así, una tarde después de ver una película subí las escaleras y pregunté que había que hacer para alistarse, perdí la cabeza.

Antes de 1965 nunca había escuchado noticias de Vietnam, pero el verano de 1966 me encontraba combatiendo allí.
Mi compañía de fusileros era la Compañía India, 3er Batallón, 5º Regimiento, que jugó un importante papel en el esquema de la Operación HASTINGS, lanzada en julio de 1966 a lo largo de la DMZ. En octubre de 1966 fui trasladado mas al sur, a la compañía de morteros de 60mm. Charlie, perteneciente al 1/5, y donde siempre estábamos en medio de la emoción: iroteos, calor, sed, sanguijuelas, lluvia, calor, andar con los pies mojados, mosquitos, sed, calor, emboscadas, calor y siempre, siempre, sed. En definitiva, no me dio tiempo a aburrirme.

Entre las operaciones, de vuelta alrededor de la Colina 54 al norte de Chu Lai, casi todo el mundo tenía que salir de patrulla durante el día. Las compañías de fusileros realizaban todas las emboscadas nocturnas y eran responsables de los puestos de escucha y los de avanzada durante la noche, pero incluso un servidor de morteros como yo tenía que salir de vez en cuando a realizar patrullas de rutina en torno a nuestra colina. Por la mañana alguien asignaba las patrullas que eran generalmente durante todo el día, a veces por la mañana y a veces por la tarde, que era un poco peor debido al calor. Era una labor que había que hacer, pero teniendo en cuenta lo bien asegurada que estaba nuestra zona de responsabilidad, las patrullas llegaron a convertirse en una rutina mundana.

Nos reuníamos en el puesto de mando a la hora acordada cargados con nuestras armas, cartucheras, dos cantimploras llenas y con poca cobertura. Eramos ocho o diez hombres , y uno de nosotros siempre llevaba la radio.
Nuestras patrullas se desarrollaban en zonas previamente designadas, duraban una hora o dos y luego volvíamos a la colina. La Colina 54 zona era bastante plana y andar era bastante sencillo. Durante el desarrollo de las patrullas manteníamos nuestra separación y avanzábamos en silencio buscando siempre algo sospechoso.

Esa era la rutina que seguimos la mayoría del tiempo, pero un día de primavera, alguien tuvo otras ideas. Sabíamos que nuestra área era segura, esa mañana habíamos estado trabajando llenando sacos de arena, y ahora estábamos preparados para salir de nuevo de patrulla. Mientras nos preparábamos para salir alguien en voz baja sugirió establecer un punto de escucha en un sitio donde encontrásemos una agradable sombra y dar allí una cabezada.

Como siempre, era un día soleado y caluroso. Habíamos patrullado ya un rato, pasando cerca de uno o dos búfalos de agua y evitando cualquier choza y aldea. Entonces nos dimos la vuelta y vimos un seto donde algunos árboles ocultaban una depresión llena de hojas secas y vegetación. Era el lugar perfecto, todos estuvimos de acuerdo, así que cuidadosamente formamos un perímetro y nos organizamos para poder ver a través del follaje.

Escondidos en la sombra, escondidos de todo el mundo nos acomodamos para relajarnos. Un par de chicos se durmieron al instante, pero yo me encontraba un poco incómodo, no por el peligro, ya que sabía que no había nadie alrededor en al menos un kilómetro y medio, sino porque sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. No obstante, bebí un último trago de mi cantimplora y me recosté. Sólo escuchando el leve silbido de la radio estuve a punto de quedarme dormido.
Entonces, sin previo aviso, escuché a mi derecha y a través de la maleza algo que sonaba muy parecido a un búfalo. Todo el mundo se sentó rápidamente, girando sus fusiles y dispuestos a disparar a cualquier cosa que apareciese. Segundos después me quedé asombrado al ver a un pequeño niño vietnamita andando directamente hacia nuestro seguro y sombrío puesto…entonces se paró un instante mostrando una gran sonrisa en su cara. En ese momento mientras mi cerebro procesaba todo lo que estaba pasando, el niño gritó: “¿Quieres Coca-Cola?”
¿Qué? ¿Qué dice? ¿Que hace un niño aquí? ¿Cómo nos ha encontrado? ¿Cómo nos puede localizar un niño sin que nos demos cuenta? Esto es vergonzoso. Todos estos pensamientos se agolpaban en mi mente en esos momentos.
La situación era desconcertante para todos, no sabía ni que decir, así que lo primero que se me ocurrió fue: “¡Jesús! ¿Qué demonios es esto? ¡El niño está vendiendo Coca-Cola! ¡Coca-Cola fría!.”
El pequeño cargaba una gran bolsa tejida con paja, llena de cáscaras de arroz para evitar que el gran trozo de hielo que había dentro se derritiese demasiado rápido, y bajo la capa de cáscaras reposaban media docena de botellas grandes y heladas de Coca-Cola.
El niño parecía tener unos 10 años y un peso de unos 25kgr. Vestía pantalones cortos, camiseta y sandalias. Esta situación no estaba cubierta por nuestro entrenamiento…

De pronto empecé a pensar: Yo no tengo dinero, y no creo que nadie tenga, ¡ pero quiero una de esas Coca-Cola!. No es mas que un niño, las cogeré. En este momento sin que una palabra hubiese salido de mi boca uno de los chicos dijo “Yo tengo dinero”. Problema resuelto, le compramos todas, y sólo cuando estábamos sentados y sudando las Coca-Cola se nos ocurrió pensar: vaya con los nervios de ese chico, no parecía ni remotamente intimidado por nuestra condición de asesinos entrenados. Nos estaba tratando como a clientes. ¿Qué insulto era ese?

Estoy pensando en el motivo por el que recuerdo este incidente tan bien, y creo que es por lo estúpidos que éramos. Allí estábamos, los más malos de los malos, asesinos profesionales en una patrulla de combate tomando el control de todo el mundo que nos rodeaba. Sin embargo bastó sólo un niño de 10 años para recordarnos que éramos en realidad unos cabezas de chorlito.
Posiblemente ese chico es hoy en día millonario…


El Marine Joe Holt regresó de Vietnam en abril de 1967 y concluyó sus cuatro años de servicio a bordo del portaaviones USS Hornet.

Fuentes:
Revista “Vietnam”, abril del 2.010

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2 comentarios so far
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¡Caramba, menudo relato! Las anécdotas que suceden en las guerras, en especial la que acontenció en Vietnam, son tan inesperadas e inimaginables que podrían resultar increibles. Pero ocurrió.

Magnífico artículo.

Saludos.

Comentario por Jean

Excelente relato, ojalá, pudiesemos conocer mas de estos episodios que son muy decidores. Existe toda una metodologia en la Ciencias Sociales para poder interpretarlos. Felicitiaciones y ojalá podamos conocer mas parte de estas historias.

Comentario por Alfonso E Madrid




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