La última batalla


American Sniper
8 diciembre 2014, 12:04
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Hoy en día las operaciones de los SEAL están suficientemente cubiertas y son tan conocidas que parte de lo que se cuenta en este libro es algo que cualquiera puede encontrar en la prensa o incluso ver ya en documentales. El punto fuerte sin embargo, y lo que debe mover a leer este tipo de biografías es conocer los pensamientos del protagonista, sus sensaciones, sus dilemas internos, en definitiva, su vida, y a su vez, vivir la narración en primera persona de unas experiencias que muy pocos hombres pueden sentir. Se trata pues, no nos engañemos, en primer lugar de un libro de emociones, escrito con mucho sentimiento y en segundo lugar, de un libro de acción.

Como tantos otros, (recuerdo “Lone Survivor”, del también tejano Marcus Luttrell) el libro comienza por la infancia y el ambiente donde crece nuestro protagonista. Se trata de una etapa donde se forja la personalidad, el carácter, y que marca nuestro futuro. Los valores familiares, el trabajo duro y la patria fueron factores que sin duda propiciaron que el destino de Chris no fuera otro que ingresar en el ejército. Resulta anecdótico que en un principio su intención fuera alistarse en las Fuerzas Especiales del US. Army, pero que la circunstancia de tener que ser Sargento para poder ingresar le hiciera decantarse por los SEAL de la US. Navy.

El paso por el BUDs resultó durísimo, una lesión en el pie (que ocultó a sus mandos) no le evitó lograr superar la etapa inicial y la “Semana Infernal”, pero una enfermedad le pasó factura en la etapa de buceo, acabando con una lesión en el tímpano, lo que le hizo causar baja e incorporarse en esta fase con otra clase cuando estuvo recuperado.
Se insiste en que la dureza del entrenamiento SEAL es 90% mental, pero claro, dicho esto por unos tipos que poseen una presencia física que intimida a cualquiera, esa afirmación provoca una sonrisa de incredulidad en el resto de los mortales.

Acabado el curso, nuestro protagonista fue admitido en el equipo SEAL que solicitó, el número 3. Continuó a partir de entonces con sus entrenamientos en la Base de la Armada de San Diego. Fue en ese periodo cuando sucedieron los atentados del 11 de septiembre del 2001, lo que propició que los SEAL iniciaran una preparación específica para el combate terrestre con vistas a iniciar una intervención armada en Afganistán e Irak. Esta circunstancia y la posibilidad de abandonar su naturaleza marina provocaron un debate entre las altas esferas sobre la posibilidad de limitar la penetración en su intervención, y si la cifra de 10 millas era lo correcto. La cosa quedó en nada…

La esencia del libro comienza a partir de aquí, las operaciones militares.

En el invierno del 2002-2003 Chris se desplegó por primera vez. La misión de su equipo era colaborar en el bloqueo decretado por la ONU sobre Irak, en concreto la de asaltar los buques que resultaran sospechosos. En una de las operaciones más importantes, desarrollada en Yemen, se vio implicada la Fragata Navarra, y de una manera tan directa que el elaborado y planificado asalto norteamericano fue arruinado debido a la anticipación de la Armada Española.
Posteriormente siguieron patrullas en buggies por la frontera kuwaití, vigilancias, toma y protección de plataformas petrolíferas, y colaboración con los Marines en su avance por el país. En general y a pesar de haber vivido alguna situación bastante crítica, se trató de una misión aburrida, sin mucha acción, y para él, bastante decepcionante.

El curso de francotirador es uno de los fragmentos técnicos del libro, se comentan características de los fusiles más utilizados y de su munición, así como detalles del entrenamiento y cualidades que deben primar para llevar con éxito una misión de este tipo. Poco después llegaría el curso de orientación, algo poco atractivo para cualquier SEAL pero muy importante para la seguridad del operativo.
Esta formación adicional fue clave para que Chris se anticipara en su regreso a Irak al resto de su equipo. Allí, con el régimen iraquí ya depuesto, y con un tremendo vacío de poder, colaboraría con el GROM polaco en la captura de toda esa amalgama de grupos armados denominados “insurgencia”.

Tras una interesante descripción del equipo que porta un SEAL durante sus misiones, Chris pasará por fin a la acción durante la conocida como batalla de Fallujah. Se ordenó que los francotiradores de los equipos SEAL, 3, 5 y 8 se unieran a los grupos de asalto de los Marines que iban a hacer capitular la ciudad. Aquí conoceremos como trabajan los francotiradores en un entorno urbano, la narración de los enfrentamientos resulta vibrante, la guerra no es siempre como la vemos en la TV y aquí lo podemos conocer mediante un lenguaje coloquial y de forma clara y concisa. Sabremos de anécdotas divertidas, situaciones de peligro extremo, acciones de valor, otras de cobardía, y todo ello manteniendo al lector enganchado, mascándose la tensión en cada línea.

Nos acercaremos también a la personalidad de Chris, a su sincera forma de pensar y finalmente a su negación. Nuestro SEAL tiene muy claro que siempre hay que hacer lo que uno piensa que es mejor para su gente, lo establecido está bien sobre el papel, pero en el campo de batalla, con toda la acumulación de presión y emociones, las decisiones a tomar nunca son ni tan fáciles ni tan triviales.
Antes de acabar su despliegue, colaboró con otras unidades del U.S Army y con su propio equipo en la lucha por llevar adelante los mecanismos de las elecciones en el país, algo complicado debido a los numerosos grupos armados que intentaban por todos los medios que no se celebrasen. La rutina, el hastío por la insensible burocracia militar y la presencia de la muerte, son pensamientos que recorrieron la mente de Chris a lo largo de esta última etapa.

La vuelta a casa siempre lleva consigo la inadaptación; no es sencillo asimilar el cambio de una forma de vida tan brutal a la de civil, otro daño colateral de la guerra al que Chris no fue una excepción. El libro recoge en distintos tramos testimonios de su mujer, que reflejan sin medias tintas sus sentimientos, sus deseos, su dolor, y la angustia que nunca abandona a la pareja de un soldado que está en la guerra. El nacimiento de su hijo y posteriormente el de su hija provocaron que estos sentimientos fueran más intensos, creando una sensación de inseguridad y temor que cualquiera puede entender. La presión sobre Chris por abandonar los SEAL y dedicarse por completo a su familia aumentaba.


Junto con su mujer, Taya

No obstante, continuó firme con los entrenamientos, aprendió útiles habilidades con agentes de la CIA, el FBI y la NSA, y fue requerido, para que dada su experiencia y ya cierta “fama”, colaborara con los superiores mediante charlas y exposiciones para así intentar facilitar el trabajo de los francotiradores en entornos urbanos. La llegada de nuevos miembros al equipo anticipaba el siguiente despliegue, que sería de nuevo a Irak, a la ciudad donde crecería definitivamente su bien ganado prestigio de francotirador, Ramadi.

En la cúpula militar no se quería que en este nuevo escenario la guerra alcanzara el nivel de destrucción que se produjo en Fallujah, y dada la particular situación de la ciudad, se actuaría de forma distinta, primero en las poblaciones de los alrededores, y una vez asegurada esa zona y con la nueva táctica ya definida, la fuerza norteamericana atacaría la ciudad desde los cuatro puntos cardinales.
En esa fase previa, los SEAL, operando junto con unidades del U.S. Army tuvieron que idear nuevas formas de eliminar al enemigo. Las misiones se convirtieron en una especie de juego, y el matar era para ellos ya algo más que en una rutina, se convirtió en una diversión que les servía de escudo ante el horror de la guerra.
La batalla fue tomando intensidad, conoceremos la importancia que tiene para un francotirador la observación de los más pequeños detalles, así como la ventaja que proporcionaba su avanzada tecnología y una buena coordinación en las comunicaciones. A esas alturas, salir de la Base era un “ir a la oficina”; el enemigo era bastante previsible, incluso en los horarios, y la vida de los SEAL se resumía en tres días haciendo la guerra y uno descansando.

Con el país en un caos total, la política tenía que ser parte de la solución, y para tomar la ciudad se requirió que unidades iraquíes actuaran junto con los americanos, algo que aparentemente podría tener sentido pero que dada su poca preparación y nula motivación, resultó muy peligroso e indignante para los verdaderos protagonistas de la batalla final.

En Ramadi, los francotiradores asumieron un roll mucho más agresivo que en Fallujah, y la gran cantidad de bajas que estaban causando motivaron que se iniciara una especie de competición por ser el número uno. Chris quitaba importancia al asunto y achacaba sus cifras más a la suerte que a otra circunstancia, pero lo cierto es que él era el mejor, y en un terreno donde el enemigo se mezclaba con los civiles, sus consejos sirvieron para que los más jóvenes e inexpertos aprendieran aspectos fundamentales de este complicado trabajo.

A medida que pasan las páginas los sobresaltos y peligros se acumulan, los insurgentes ponen precio a la cabeza de Chris, (al que han apodado “el demonio de Ramadi”) y aunque entre los SEAL el asunto es objeto de bromas por saber quién “vale” mas, lo cierto es el enemigo poseía mucha información sobre ellos, signo inequívoco de que había espías entre los iraquíes teóricamente leales.
Con la ciudad ya teóricamente bajo control, el riesgo seguía aún muy latente, y en un par de operaciones en teoría rutinarias, y separadas por horas, se desató la tragedia. El impacto fue durísimo, a la incredulidad inicial le siguieron la desesperanza y finalmente la culpa. La confianza que estos hombres tienen en sí mismos, así como el alto ritmo de la guerra, no habían permitido a Chris pensar en la muerte propia como algo tan cercano y tan aleatorio, y en cambio había llegado de una forma tan rápida y tan simple que en un principio fue difícil de asimilar.
En estas situaciones donde algo no se puede esconder, el dolor traspasa fronteras, y afecta mucho a los hombres. Desde casa las cosas no se ven como en realidad son, y las sensaciones y sufrimiento de los familiares es algo que los militares siempre llevan sobre sus espaldas, es a fin de cuentas una carga más que hay que soportar mientras se libra la guerra.

Chris manifiesta muy a menudo y sin pelos en la lengua su impotencia. Las críticas van de nuevo dirigidas en primer lugar hacía la burocracia militar, para su gusto excesiva y quisquillosa, y también hacía unas ROE demasiado estrictas y que en muchas situaciones ponen en peligro la vida de los propios hombres, constantemente rodeados de enemigos que desean asesinarlos de cualquier manera posible. La duda de si podría haber salvado más vidas es habitual, no comparte el cumplimiento todas esas restricciones, la obligación de realizar constantes informes detallados, y tener que aguantar preguntas, investigaciones e incordios ideados por algún gordo congresista que nunca ha estado en un campo de batalla, pero a pesar de ello, lo hace, y de forma rigurosa.

Con la vuelta progresiva a la acción llegan noticias desde casa que le obligan a regresar. A esta preocupación le sigue otro debate interno, el enésimo, ahora debe abandonar a los suyos. Es una sensación horrible….
La vuelta se hace muy cuesta arriba, y Chris sigue con sus dudas, con su otra batalla, situación que es una constante durante todo el libro. Bien sea en casa o bien en la guerra, debe elegir, y el poder leer sus luchas internas, sus razonamientos y descifrar su sufrimiento nos hace conocerle en profundidad. En estas deliberaciones comprobamos que es un tipo noble, quizás algo fanfarrón, pero con personalidad, siempre leal y fiel a sus ideales, algo de admirar.
Tras conocer más anécdotas, vivencias varias, algunas de ellas bastante comprometidas, Chris se ve inmerso en una restructuración de los pelotones SEAL, y posteriormente ante un nuevo despliegue, otra vez a Irak.

El tiempo pasaba en el país y todo resultaba aburrido y monótono, pero a las pocas semanas llegaron buenas noticias, había sido uno de los seleccionados de entre los miembros de los Team SEAL 3 y 8 para formar una unidad especial que debía operar en otro nido de insurgentes, Sadr City, lugar desde donde se atacaba constantemente con morteros y cohetes la Zona Verde de Baghdad. En las siguientes páginas conoceremos nuevos peligros, viviremos mucha acción y comprobaremos una vez más como frente al radicalismo solo se alcanza un acuerdo de negociación cuando se llega a un extremo de violencia que limita con la aniquilación.

Con las cosas relativamente tranquilas en Sadr City, la nueva zona de operaciones se trasladó a poblaciones cercanas a Baghdad, lugares donde se fabricaban IEDs y se facilitaban armas y hombres a los insurgentes. Allí los SEAL también trabajarían conjuntamente con el U.S. Army, algo que a pesar de sus diferencias tácticas no era motivo de descoordinación ni suponía ningún problema. En unas de esas observaciones se produjo la baja confirmada de Chris en Irak desde mayor distancia.

Posteriormente la vuelta a su pelotón le llevó cerca de la frontera con Siria para patrullar por el desierto tratando de evitar el contrabando, y donde conoció la noticia de su ascenso, algo que dado lo que aparejaba no le hizo mucha ilusión.

Con la vuelta al aburrimiento y la monotonía llegaron los problemas, la falta de acción hacía a uno pensar lo que antes ni siquiera se le pasaba por la cabeza, replantearse la vida, su sentido, y eso en ese ambiente es duro. Las antiguas lesiones y consecuencias para la salud de ese ritmo de actividad tan agresivo salieron a la luz, no lograba descansar, el carácter se le volvió complicado y todo lo que se había ido arrastrando a lo largo de los años se hizo visible y palpable. Chris, a falta de algunas semanas para acabar su despliegue debió anticipar su regreso a casa por razones médicas, realmente no estaba nada bien, pero el sentimiento de culpa por abandonar a sus hombres y quedar como un cobarde, resultó enorme.

Su compromiso con la US. Navy finalizaba pronto, y de nuevo la balanza de la decisión a tomar estaba ahí, por un lado sus amigos, sus hermanos, hacer lo que le gustaba, el sentido de su vida, y por otro, su mujer, sus dos hijos, el futuro de su matrimonio y de familia. Tras varias conversaciones con sus mandos y de diversas negociaciones, acabó dejando tras 10 años la vida militar. No fue una decisión nada fácil de tomar y pronto volvieron a su mente los remordimientos, sentía que estaba fallando a su patria, que podía seguir ayudando a los suyos, acabando con los “chicos malos”, su auténtica motivación y deseo.

Ya con el horizonte cercano claro, decidió junto con un amigo inaugurar una escuela de francotiradores en Texas. Era sin duda un negocio con futuro, y donde se podría proporcionar el entrenamiento específico que requería esta habilidad.
Con la familia reunida Chris pudo por fin disfrutar de sus hijos, pero la alegría no duró mucho, pronto las cosas se torcieron, y le hicieron caer en un pozo. Afortunadamente consiguió salir de esa mala dinámica y decidió que debía ayudar a los demás, centrándose en los veteranos discapacitados, algo que le llenaba por completo y que le hacía feliz.

La vida cobraba un nuevo sentido, pero definitivamente Chris no era el mismo de antes de conocer la guerra, eso es algo que no debe extrañar a nadie, vivir en la brutalidad cambia a las personas, se abraza a la muerte y se es testigo, y a veces protagonista, de los episodios más crueles de la existencia. Sin embargo, su conciencia estaba tranquila, probablemente el día del juicio final Dios le dejaría en espera mucho tiempo, pero no le cabe duda de que hizo lo que debía, y tras acabar de leer el libro, eso mismo creo yo.

DEP Chris Kyle


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