La última batalla


1849. Soldados españoles en Italia
11 agosto 2015, 15:07
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Nuevo libro de Joaquín Mañes Postigo que en esta ocasión tal como indica el título versa sobre la expedición española a los Estados Pontificios de 1849.

Al igual que la misión de años más tarde a la Cochinchina (desde 1858 hasta 1862) y que nos explicó en su libro “Sueños de conquista, españoles en Saigón…”, se trata de un relato novelado, con el diplomático Pedro de Andrade y Conti y el Capitán Antonio Durán como narradores de lo entonces sucedido.

El libro tiene como finalidad dar a conocer someramente lo sucedido, y abrir al lector la posibilidad de profundizar en el tema si así lo desea. No es por tanto un tratado profundo y lo considero apto para cualquiera, incluso para los apenas iniciados en la historia de España.

La narración comienza en 1868, Pedro de Andrade revive lo pasado veinte años atrás y a su vez nos relata la actualidad, el exilio de Isabel II tras la revolución de Cádiz y la sublevación de la flota del Almirante Topete y de los Generales Serrano y Prim.
Bajo esa perspectiva de tiempo se van desarrollando los hechos. Con el paso de las páginas al lector le queda claro que la misión militar tuvo un claro trasfondo político que se germinó en la década de los 30 con la desamortización de los bienes de la Iglesia por parte de Mendizabal, con la llamada Ley de Bienes Nacionales, y que supuso la confiscación de los bienes de la Iglesia para sufragar las guerras Carlistas.
En 1846 muere el Papa Gregorio XVI, sustituido por Pio IX, y que para la normalización de las relaciones con el Reino de España exige que se promulgara una ley de dotación de culto y clero con los fondos suficientes para su sostenimiento. Ahí estuvo realmente la clave de la misión española a los Estados Pontificios, el intento de mejorar las relaciones con la Iglesia e intentar con ello ocupar un puesto preponderante en el continente.

La situación entonces en Europa era convulsa, en 1847 las medidas liberalizadoras del Papa fueron mal acogidas por los republicanos, en 1848 se produjeron revoluciones en Viena, Alemania, Praga, Hungría, Milán, Venecia y Francia, imponiéndose en el país galo la II República de Napoleón III, mientras que en Italia aumentaban las intrigas y conspiraciones, con personajes como Mazzini y Garibaldi que buscaban la unificación del país con Roma como capital.
Ese mismo año se adoptó una Constitución con medidas más liberalizadoras, pero los Estados Pontificios entraron en bancarrota, provocando con ello un adelanto en el cobro de los impuestos, originándose una gran revuelta..

Se precipitaban los acontecimientos y el 15 de noviembre era asesinado en los accesos a la Cámara de Diputados, el Ministro del Papa. Al día siguiente las algaradas asaltaron el Palacio del Quirinal, donde se encontraba el Sumo Pontífice. El recién nombrado embajador de España ante la Santa Sede, Pedro Martínez de la Rosa propuso su evacuación a Palma de Mallorca, pero el vapor Lepanto, fondeado para el caso tuvo que regresar a Barcelona de vacío por problemas de falta de víveres, enfermedades de los marineros y una avería. Hubiera sido un golpe de efecto lograr salvar al Papa y que pisara suelo español.
Finalmente y gracias al propio Martínez de la Rosa y al embajador francés, Pio IX logró huir disfrazado y refugiarse en Gaeta (Reino de Nápoles-Dos Sicilias) bajo la protección del Rey Fernando II.

Ante esta situación, España impulsó la constitución de una conferencia entre las naciones católicas para restituir el poder temporal del Papa, y envió una División Naval formada por siete buques para que fondeara en Gaeta y custodiara a Pio IX.
Los acontecimientos se suceden rápidamente, Francia empezó a mostrar su ambigüedad y su simpatía con los revolucionarios, lo que la llevaría a actuar de forma independiente, más dirigida a contrarrestar la intervención de Austria y Nápoles y a imponer su influencia, que a reponer el poder del Papa.

Mientras, en España, y no sin cierta polémica en el Congreso de los Diputados, se acordaba el envío de una partida militar, cuyo jefe sería el General Fernández de Córdoba, pariente de El Gran Capitán.

A partir de aquí llega el grueso de la historia, la llegada de los españoles, los malabarismos diplomáticos de Martínez de la Rosa y del propio Fernández de Córdoba para evitar enfrentamientos con los franceses y con la población civil, y un desarrollo de los acontecimientos que finalmente limitó la presencia española a la ejecución de labores policiales, de bloqueo y administrativas, algo que poco tuvo que ver con el desempeño de la expedición francesa, que ocupó Roma y que como verdadera potencia de la época, asumió ese rol sin contemplaciones y sin apenas dar explicaciones de sus actuaciones al resto de países de la conferencia de Gaeta.

Joaquín añade en su libro pequeñas citas de las Memorias de Fernández de Córdoba, se detalla la organización de las unidades españolas, el progreso de las mismas, equipo utilizado, consejos dados a los soldados y pequeñas anécdotas que hacen la lectura más amena y dan a entender de forma clara la prudencia que en todo momento imperó en la expedición española, intentando siempre nadar entre dos aguas.
Estaba claro que España no vivía su mejor época, y a pesar de ser capaz de enviar 8.000 hombres más allá de sus fronteras, los problemas presupuestarios y desacuerdos políticos obligaron a una apresurada retirada que no dejó en buen lugar al país.
Con todo vuelto a su estado natural, los agradecimientos del Papa a España resultaron testimoniales, algo que sin duda también fue decepcionante, ya que por el esfuerzo realizado y por la iniciativa, supo a poco.
El libro acaba con una reflexión del autor.¿Ha cambiado España su forma de actuar dentro y fuera de sus fronteras desde entonces?.¿Hemos aprendido algo?


1 comentario so far
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¡¡Magnífico resumen!! Un fuerte abrazo.

Comentario por Joaquin Mañes




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